lunes, octubre 14, 2013

Los perros ladran

“¡Siéntate! ¡Quieto!”, le dice el extremeño Luis a su perro Thor cada vez que le sirve la comida. Cuando de la tarea se encarga su novia, la californiana Kate, ella, al can, le dice: “Sit!”. Los idiomas en los que Luis y Kate conversan con Thor, más allá de las indicaciones para que se tumbe o salude con la pata, son sus lenguas maternas. Esto es, respectivamente, en español e inglés. El pasado verano, Luis, Kate y Thor – un labrador chocolate – se fueron de vacaciones a una casa rural de la costa brava. En uno de los paseos matutinos por la playa – a la que accedían directamente desde la casa – conocieron a Rosa. Pasados unos días y otras tantas tertulias matinales junto al mar, la mujer, residente en el pueblo costero de la costa brava, sorprendida por las conversaciones de Luis y Kate con Thor, les preguntó a la pareja: “Este perro, ¿os entiende en diferentes idiomas?”


© Fotografía del autor.

Ha llegado el otoño septentrional y con él aparecen, como cada año, las dudas extraescolares. Este curso ha arrancado – y hablo de realidades, no de buenos propósitos – con práctica diaria de deporte y clases de alemán y de inglés. Veremos cómo acaba. Tal como narra Alice Munro en el cuento “Chance”, el sueco, el idioma, y mi relación con Suecia los he guardado temporalmente, como un tesoro, dentro de un armario. La historia de cómo conocí a la canadiense, Premio Nobel de Literatura 2013, la dejo para otro día. La ventaja lingüística de ser perro es no tener que enfrentarse, cada año, a la decisión de qué idioma aprender. El amigo Tiago hablaba con Roko en portugués, Wolfgang conversaba con él en alemán, Gabe departía en inglés y Marthin charlaba con él en sueco. Roko entendía a todos por igual cuando, tras amanecer, cada uno le preguntaba en su idioma materno: “¿Salimos a dar un paseo?”

Ahora dale al play y disfruta del barbudo Passenger y de la letra del tema “Holes”.


Hasta el próximo lunes, si la vida lo permite.

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