lunes, octubre 28, 2013

15 cosas que me tocan el coño

Nota: Con motivo de la entrada número 200 del blog, esta que tienes frente a tus ojos, comparto con vosotros, en una entrada extra, y como réplica al listado de las quince cosas que me vuelven loco del coño, sendas cuestiones que me tocan el toto.

1.       Pablo Motos.

2.       Pedir, en una cafetería, un té rojo y que me sirvan un té clásico de Hornimans porque tiene una etiqueta roja.

3.       Tener a los amigos lejos.

4.       La calculada ambigüedad de los camareros de bares de copas, especialmente los chulazos, que confunden amabilidad con bisexualidad.

5.       Las verdades innecesarias.

6.       Los 93.631.832 de varas de medir censadas en España (datos proporcionados por el INE a 1 de noviembre de 2011).

7.       Que la gente pasee a sus perros sin correa.

8.       No poder desvelar el nombre del amigo que mantuvo una relación sexual con un diputado que llegó a ser ministro de España.

9.       Que la página del blog en Facebook no haya llegado todavía a los cien likes.

10.   Los hombres heterosexuales que rehúsan saludar a otros hombres con dos besos o un abrazo.

11.   El localismo.

12.   Que, cuando estoy en Madrid, me llamen el catalán y cuando estoy en Cataluña me conozcan como el madrileño.

13.   Las expresiones del tipo teniendo en cuenta cómo está el patio.

14.   Las alcachofas.

15.   En último lugar, pero no en el menos importante, ese tipo de personas que no dejan hacer una cosa constantemente: tocarme el coño.

Ahora dale al play y disfruta del tema Buenos Aires del gallego (de Galicia) Xoel López, quien actuará el próximo domingo día 3 de noviembre en Lleida, dentro del festival de música Live Sessions Day.


Hasta el próximo lunes, si la vida lo permite.

lunes, octubre 21, 2013

Carta a mi hijo

Aún recuerdo cuando, hace ahora unos años, compartí con un reducido grupo de amigos y compañeros de trabajo que tenía un hijo adolescente. “Pero, ¿cómo es posible que no nos hayamos enterado antes?”. Álex – a mí me hubiera gustado llamarle Alejo – tenía en ese momento 17 años, vivía con su madre en Barcelona y cursaba primero de bachillerato. Sí, era un adolescente. Sí, tenía la misma edad que yo cuando él nació. A Álex le gusta practicar deporte, leer noticias en medios de comunicación extranjeros, conocer gente de otros países y escuchar música. Tal como cuenta el texto teatral de la obra Haciendo Lorca de Lluís Pasqual, “Hay gente que piensa que los hijos son cosa de un día. Pero se tarta mucho. Mucho. Por eso es tan terrible ver la sangre de un hijo derramada por el suelo…”. O dicho de una manera más prosaica, tener un hijo es muy fácil. Otra cosa bien distinta es ejercer de padre o madre.


Uno de los veinticinco “Guardianes” que el escultor Xavier Mascaró mostró 
en el Paseo de Recoletos de Madrid en 2010.
© Fotografía del autor.

Mi padre decía que había hijos que estaban hechos a medio polvo y en la escalera de un portal. Al margen de la dignidad del espacio en el que engendrar un hijo y la calidad del coito para concebirlo, la decisión de tener descendencia debería contemplar otro tipo de cuestiones, para algunos, más serias. Por supuesto. Ni el sitio ni la coyunda son determinantes a la hora de procrear. Sí lo son, por ejemplo, asumir la responsabilidad del devenir de otro ser humano o aceptar que la vida no volverá a ser nunca como antes. Sin embargo, y de la misma manera que la fiebre es indicativo exterior de que existe un problema interior, una fecundación en tales condiciones apunta a un futuro lleno de contrariedades. Por cierto, Álex no existe. No tengo ningún hijo y nunca lo tendré. Álex es una ficción personal en la que se funde el anhelo humano de permanencia y el miedo – también humano – a la finitud de la vida.

Ahora dale al play y disfruta del directo de George Simpson y su tema “Crazy”.


Hasta el próximo lunes, si la vida lo permite.

lunes, octubre 14, 2013

Los perros ladran

“¡Siéntate! ¡Quieto!”, le dice el extremeño Luis a su perro Thor cada vez que le sirve la comida. Cuando de la tarea se encarga su novia, la californiana Kate, ella, al can, le dice: “Sit!”. Los idiomas en los que Luis y Kate conversan con Thor, más allá de las indicaciones para que se tumbe o salude con la pata, son sus lenguas maternas. Esto es, respectivamente, en español e inglés. El pasado verano, Luis, Kate y Thor – un labrador chocolate – se fueron de vacaciones a una casa rural de la costa brava. En uno de los paseos matutinos por la playa – a la que accedían directamente desde la casa – conocieron a Rosa. Pasados unos días y otras tantas tertulias matinales junto al mar, la mujer, residente en el pueblo costero de la costa brava, sorprendida por las conversaciones de Luis y Kate con Thor, les preguntó a la pareja: “Este perro, ¿os entiende en diferentes idiomas?”


© Fotografía del autor.

Ha llegado el otoño septentrional y con él aparecen, como cada año, las dudas extraescolares. Este curso ha arrancado – y hablo de realidades, no de buenos propósitos – con práctica diaria de deporte y clases de alemán y de inglés. Veremos cómo acaba. Tal como narra Alice Munro en el cuento “Chance”, el sueco, el idioma, y mi relación con Suecia los he guardado temporalmente, como un tesoro, dentro de un armario. La historia de cómo conocí a la canadiense, Premio Nobel de Literatura 2013, la dejo para otro día. La ventaja lingüística de ser perro es no tener que enfrentarse, cada año, a la decisión de qué idioma aprender. El amigo Tiago hablaba con Roko en portugués, Wolfgang conversaba con él en alemán, Gabe departía en inglés y Marthin charlaba con él en sueco. Roko entendía a todos por igual cuando, tras amanecer, cada uno le preguntaba en su idioma materno: “¿Salimos a dar un paseo?”

Ahora dale al play y disfruta del barbudo Passenger y de la letra del tema “Holes”.


Hasta el próximo lunes, si la vida lo permite.

lunes, octubre 07, 2013

Un bocadillo y un vaso de agua

AVE Madrid-Barcelona. Un español y un alemán – y no es un chiste – sentados frente a frente. El español saca un bocadillo de su mochila y, por cortesía, le pregunta al alemán: “¿Quieres probar?”. El alemán, por cortesía, le responde: “Sí, gracias”, al tiempo que le quita el bocadillo de las manos. Esto es, lo que viene siendo, un ejemplo de choque cultural. Una de las preguntas, precisamente, que recibía más frecuentemente, por correo electrónico, de los amigos, cuando me mudé a California, allá por el lejano 2005, era: “¿Cómo llevas el choque cultural?” Mi respuesta siempre fue la misma: por supuesto, había diferencias. Todas ellas, sin embargo, las fui incorporando a mi vida cotidiana sin prácticamente darme cuenta. El verdadero choque cultural lo viví cuando, un año después, regresé a España.


© Fotografía del autor.

Una de las deferencias hosteleras más inherentes a Madrid es ofrecer (o, al menos, no cuestionar cuando un cliente lo pide) un vaso de agua junto a la bebida que hayan pedido, ya sea un café o una cerveza. Una de las deferencias hospederas más inherentes a Catalunya es que los clientes, a media mañana, puedan tomarse en el bar el bocadillo hecho en casa junto a la bebida que hayan solicitado, ya sea un refresco o un té. No recuerdo si cuando llegué por primera vez a Madrid, hace ahora veinte años, me sorprendió tanto el vaso de agua como me sorprende ahora, recién apeado del AVE, que ningún camarero se inmute cuando los parroquianos saquemos de nuestros bolsos los bocadillos traídos de casa. Lo que ya no hago, por si acaso, es preguntar: “¿Queréis probrar?”.

Ahora dale al play y disfruta del tema “Somebody Loves You”. Canta Bettty Who.



Hasta el próximo lunes, si la vida lo permite.