jueves, julio 28, 2011

Día 6. La Boca.

"Ven a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará."

Julio Cortázar

Varias de las paradas del Autobús Turístico que tomamos el primer día fueron en el barrio de La Boca. Lugar donde caen los turistas como moscas, económicamente hablando, el barrio de la Boca ofrece espacios e historias realmente interesantes. Aquí podría limitarme a contar loquecuentaslasguías: que el nombre es debido a la desembocadura del Río de la Plata; que fue el lugar donde arribaban los barcos de inmigrantes provenientes de todo el mundo; que fue donde se fundó la ciudad de Santa María de Buenos Aires en el siglo XVI; que fue el lugar donde nació el tango; que la mezcla de lenguas y culturas produjo un ambiente propicio para la creatividad; que las fachadas de las casas, de chapa y multicolores, se debió a los sobrantes de pinturas y materiales de los barcos que llegaban a puerto; que fue donde nacieron el River y el Boca, los dos equipos de fútbol de la ciudad de Buenos Aires. Insisto, no voy a seguir con loquecuentanlasguías. Voy a compartir una de las meriendas más tiernas de las tomadas hasta ahora en Buenos Aires. Y no estoy hablando de la esponjosidad de los alfajores. Esta tarde hemos merendado con Tía Lucía, una tía abuela de Cristian, que nació en La Boca hace 87 años. Ha sido ella quien nos ha contado la Historia, con mayúsculas, del barrio donde nació. Nos ha contado que su padre, gallego, llegó a Buenos Aires en un barco en el que trabajaba como estibador. Que su madre llegó años después, siguiendo los pasos de su marido, para instalarse en la ciudad.

Que Tía Lucía y su hermana Dora nacieron enfrente de donde se levanta actualmente el estadio del Boca. Que vivían en un conventillo (un tipo de corrala) en el que compartían la cocina y el baño con otros inmigrantes. Que sus vecinos de pieza eran unos italianos que no sabían leer ni escribir. Que la madre de Tía Lucía, María Josefa, le enseñó a leer y a escribir castellano. Que los primeros pesos que se ganó fueron leyendo las cartas que recibían los vecinos italianos. Que fue así como aprendió italiano. Que gallegos y calabreses no decían de dónde venían porque ser gallego o calabrés era la clase de inmigrante más baja de La Boca. Que aprendió a bailar Tango cuando era una niña y que no se ha olvidado de un solo paso. Que su padre consiguió dejar de navegar para trabajar en el puerto. Que, tras años de trabajar con los tóxicos de los barcos, murió cuando ella tenía once años. Que empezó a trabajar dos años después en una imprenta de La Boca, donde se enamoró de un corrector. Que compaginaba el trabajo con la escuela donde aprendió mecanografía. Que ha trabajado mucho y muchos de los 87 años que acaba de cumplir. Se le llenan los ojos de lágrimas cuando recuerda que sus padres nunca volvieron a Finisterre, de donde eran. Que para intentar no emocionarse más me agradece la visita hecha con Cristian y que me entrega un regalo para los dos. Que desde que se murió su madre ha estado escribiendo en una serie de cuadernos todos los recuerdos de su vida, “incluidos los detalles de mi noche de bodas”.

[Nota: La merienda se ha desarrollado en el actual domicilio de Tía Lucía, que vive con su hija, en un estupendo ático del barrio de Caballito de Buenos Aires. La tarde ha estado acompañada de té, café, sandwichitos, palmeritas, medias lunas, bizcocho de manzana, alfajores de dulce de leche, masitas de diferentes sabores, tarta de chocolate y champagne francés. Debido al excelente ambiente creado, lamento no haber tomado ninguna foto del agasajo gastronómico recibido]

1 comentario:

JP dijo...

joé, a ver quién es el guapo que te pone un chascarrillo ahora, con este post tan emotivo.

Solo diré que hay que visitar más a las abuelas (o tías-abuelas) que dan grandes lecciones de vida (y humildad)

besos varios