lunes, mayo 09, 2011

Violeta Paris

Como todos los años desde hace diecinueve, ORVEPARD convoca un Concurso de Cartas de Desamor. Y como todos los años desde hace unos cuantos menos, me he presentado con algunas cartas. El texto de hoy es la carta que presenté a la edición del concurso de este año. Violeta París fue mi pseudónimo. Que la disfrutes.

Daniel,

Creí que jamás pronunciaría estas palabras: hoy voy a cruzar el puente por última vez. ¿Recuerdas el lugar donde nos conocimos? Tu siempre creíste que fue La Peluquería, el local de copas a este lado del río frecuentado – tal como siempre dices – por gente deliciosamente muy joven. En realidad, fue allí donde nos tomamos la última copa, antes de irnos a tu casa, después de conocernos en La Esquina, al lado de la última parada del 28. Once años después de aquel día y sigo sin acostumbrarme a tu mala memoria. Hablando de memoria, te cuento que a mi padre le han diagnosticado Alzheimer. El Sr. Abuin, tal como le llamaste el día de nuestra boda – ¿no fue ese día la última vez que le viste? –, viene insistiendo desde hace un tiempo en poner en venta la casa de la playa, dice que desde que murió mi madre ya no quiere ver el mar. También no deja de llamar a Kuki, la primera perra que tuve siendo una niña. Creo que vender la casa sería lo último lúcido que haría. De ésta, “tu casa”, aunque oficialmente te comprara la mitad, no me voy con lo puesto, pero casi. Me llevo la colección de vinilos de mi madre, el tocadiscos que compramos en el mercado de viejo de la Plaza Mayor; las llaves del Escarabajo; todos mis libros de la vitrina azul. De los dvds del alféizar de la ventana del salón me llevo los musicales y "No puedes comprar mi amor". También me llevo a Gilda. Lleva un rato con la gastada correa puesta, moviendo el rabo. Cree que nos vamos al parque, pese a que desde que me levanté he estado empaquetando cosas. Los gadgets, te los dejo todos. También los míos. En realidad me regalaste los que tengo para disfrutarlos tú también. Te dejo mis abrigos de invierno, mis vestidos de verano, mis zapatos, mis cosas del baño. Te dejo los muebles y mi sillón rojo; las plantas y mis jacintos y tomateras cherry; los trastos de cocina y mi olla rápida; las maletas y la bolsa roja. No, la bolsa roja no te la dejo. Voy a por ella. Gilda me ha seguido hasta la habitación cuando he ido a buscarla. También te dejo los trastos de la perra. Te dejo todas las cosas que sé que voy a necesitar. No lo hago para molestarte con mi presencia a través de esos pequeños objetos. En realidad, me pregunto cuánto tiempo tardarás en encontrar esta carta en la fuente de la cocina. Hoy es martes, así que toca arroz con pollo. Te imagino llegando de la oficina a mediodía, dejando las llaves junto a la fuente, en la esquina de la barra desde donde escribo estas líneas. Te imagino abriendo la nevera buscando el tupper rojo, sin percatarte de que Gilda no está ni de la presencia de esta carta. Para asegurarme, la voy a dejar encima del tupper con el arroz. Pienso en tu fobia a la rutina y en tu filia al encontrarte todos los días la comida preparada. Daniel, después de intentar muchas veces recomponer puentes contigo, después de tratar de probar a reparar nuestra relación – casi igual de gastada que la correa de Gilda que no deja de sonar en el suelo –, te escribo para decirte una cosa. En un ejercicio de asertividad, tan apreciado en mi trabajo y tan poco valorado por ti; en ausencia de una total mano izquierda, en la que se me ha hecho callo de tanto utilizarla con mis compañeros de oficina y contigo; haciendo un paréntesis en la muestra constante de la lealtad que siempre he mostrado contigo y con tu familia, te dejo.

Daniela.

P.D. En el despacho he dejado un cartel preparado de “Se vende” para que lo cuelgues en el balcón.