lunes, marzo 14, 2011

¿A qué huelen tus manos?

Hola Lunes, Auggie es un hombre de mediana edad, propietario de una tienda de tabaco y revistas, en una esquina de Brooklyn. Siendo joven tuvo un rollo con Ruby, una rubia que, veinte años después de aquel encuentro le reclama la paternidad de una joven. Paul, escritor, es más joven que Auggie, cliente de su tienda y también vive en Brooklyn. Su mujer murió hace unos años, cuando estaban esperando a su primer hijo. Paul, que vaga despistado por las calles, es salvado por Rashid de un atropello. Rashid es un joven que ha abandonado la casa de su tía, con la que vive, en busca de su padre biológico Cyrus, que vive a las afueras de Nueva York. Cyrus es el dueño de una gasolinera y taller mecánico donde no para nadie. La afición a la fotografía de Auggie, lo difícil que le resulta escribir a Paul desde la muerte de su mujer y las mentiras de Rashid para conocer a su padre protagonizan la película, con formato de novela, Smoke (1995), dirigida por Paul Auster.


Otro de los protagonistas de la película Smoke es, precisamente, el humo, la cultura del tabaco y las historias y los pequeños negocios en torno a él. Que el tabaco protagonice una película estadounidense, mola. Que Auggie llame a sus clientes del “estanco” por sus nombres de pila, también mola. Que al final de la película Auggie nos explique un cuento de Navidad protagonizado por él mismo, es alucinante. Que al comienzo de la cinta Paul nos cuente cómo se pesa el humo, mola más. Que Auggie utilice su afición a la fotografía para, todos los días, a la misma hora, y desde el mismo sitio, fotografiar el exterior de la entrada de su tienda, como él mismo dice, “es el trabajo de mi vida”. Que Paul (Auster) utilice la escena en la que Auggie le enseña a Paul (Benjamin) las fotografías hechas a su tienda es un himno al ritmo lento y pausado de la vida. Que existiera un sistema para que las películas olieran y Smoke lo hiciera a humo, hubiera sido ya lo más.


Y hablando de olores y de realidad, y no de ficción, recuerdo una observación hecha hace unos meses ante lo visto en un baño de la oficina. Los protagonistas, varios de mis compañeros de trabajo. Observación que compartí en Facebook: “No sé que me desconcierta más: los hombres que no se lavan las manos después de ir al servicio, los que se las lavan antes y después o los que sólo se las lavan antes de ir”. Más allá de lo que puedan oler las manos después de evacuar líquidos o sólidos, leo en El Mundo que “lavarse las manos después de ir al baño evitaría el 39% de las infecciones alimentarias”. Al margen de la esfera privada – no lavártelas en casa – nos reímos cuando vamos al baño de un bar en Estados Unidos y vemos el cartel que les recuerda a los empleados que deben lavarse las manos antes de volver a su puesto de trabajo, ya sea teclear en un ordenador, servir el pan en una tienda o preparar una hamburguesa en el McDonalds. Feliz semana.


Ahora dale al play, levántante y sigue los pasos del Saké Dance. La banda, Jupiter.

Hasta el próximo lunes, si la vida lo permite.

1 comentario:

Anabel dijo...

Desde que hice el curso de manipuladora de alimentos tengo una obsesión con las manos limpias! No veas la de "bichitos" que llevamos en ellas sin darnos cuenta!!!
Y hay muchísima gente que no se lava las manos cuando va al baño........ aggggggggg qué assssssssco!!!!!

¿te acuerdas que papá también estaba obsesionado con saber si nos habíamos lavado las manos? ;-)