lunes, febrero 28, 2011

Le he pedido un café con leche, ¡imbécil!

Hola Lunes, Paul es un ciudadano de los Estados Unidos que trabaja en Irak. Desconoce los motivos por los que le han secuestrado y le han enterrado vivo en una caja de madera. Junto a él, un teléfono móvil y un mechero. Paul tiene, además, noventa minutos de oxígeno, poca batería y cobertura del teléfono móvil le permiten realizar pocas llamadas de teléfono. Intenta hablar con su mujer y sus compañeros de trabajo. Ninguna respuesta. A continuación y, de manera instintiva, llama al teléfono de emergencias. Llamada fallida. Piensa que quizá lo mejor sea llamar al FBI, pero no tiene el número. Para conseguirlo, marca el número de un servicio de directorio telefónico – lo que viene siendo un 118 y dos números más. Comunicación fallida. Y así una llamada detrás de otra. Los ingredientes de lo que podrían ser una historia de suspense, lo son en realidad de una película sobre la Atención al Cliente. Buried – Enterrado – se estrenó en el 2010.


Antes de continuar leyendo, me gustaría aclarar tres cuestiones. Uno, he trabajado en atención al cliente. Dos, he trabajado como camarero. Tres, creo que el concepto “Atención al Cliente” progresa muy lentamente en España. En cualquier caso, no me gusta presuponer ni dar nada por sentado. Entro en un bar cualquiera – tipo Bar Reynolds en la serie ‘Aída’ – y pregunto “¿Tienen diferentes tipos de té?”. Me responden “Sí, claro”, a lo que pido “Un té rojo, por favor.” Mientras, me repongo de la sorpresa de que tengan variedad de tés y que, ante la petición de un té rojo, no me hayan puesto ninguna pega. Llega el camarero con la taza y la tetera y observo que se trata de un té Classic de Hornimans. Respiro profundamente y, además de luchar contra mis prejuicios, le comento al camarero “Disculpe, le había pedido un té rojo, no un classic como el que me ha traído”. “Oiga, le he traído lo que me ha pedido. Un té rojo, ¿no? Vamos, un té con la etiqueta roja. ¿O no?”.


Invierno de 2010. Jueves, 8 de la tarde. Llego a casa y frente a una de las cafeterías del barrio se agolpan coches de policía local, nacional y ambulancias. También vecinos del barrio, curiosos. Subo a casa y, desde la ventana, observo el transcurso de la operación a la que denominé, después de averiguar qué sucedió, “Café con Leche”. Un militar retirado acude a media tarde a tomar un café y a releer el periódico del día. Los numerosos camareros del local se afanan en dar las buenas tardes y en preguntar a los clientes qué desean tomar. El militar se quita pausadamente el abrigo, lo coloca en uno de los percheros, se coloca frente a la barra y pide un café con leche. Le sirven un cortado. El hombre, que está concentrado en la lectura del diario, pega un sorbo al café sin darse cuenta que no es lo que ha pedido. Deja la taza en la barra, saca el arma que no devolvió cuando se jubiló, apunta a la camarera y le espeta “Le he pedido un café con leche, ¡imbécil!”. Feliz semana.

Ahora dale al play y disfruta del directo de la sueca Eva Dahlgren. El tema, "Ängeln i rummet".

Hasta el próximo lunes, si la vida lo permite.

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