lunes, julio 13, 2009

Pitufo

Mi corazón dejó de latir el pasado miércoles 8 de julio de 2009. Hasta entonces, tuve una vida más que plena. Nací en un pueblo de Lleida y supe, nada más llegar a este mundo, que había nacido con ganas de guerra. Por eso me mudé a los pocos meses a la capital. Vamos, a Lleida. Una pre adolescente a la que llamaban Piluri – cariñosa y con una voz muy dulce – me cogió en brazos nada más llegar a casa. El resto de mi familia empezó a rodear a la pre adolescente, con ganas de verme la cara. Yo también tenía ganas de verles las suyas. En cuanto empecé a andar por la casa supe a quién debía obedecer si quería comer, salir a la calle, o que me acariciaran mi largo pelo marrón del lomo o el pelo blanco de mi barriga. El resto de miembros de la familia la llamaban Mamá. Otros dos jóvenes, que pasaban largas temporadas fuera de casa, también me cogían en brazos para que, salvando mis cortas patas, estuviera más cerca de ellos.


Fui un perro fetichista. Ante el mínimo descuido de cualquier miembro de la familia, pillaba cualquier prenda – mi especialidad eran los calcetines – y me la llevaba debajo de la cama o a mi cesto. La custodiaba bajo uñas y dientes. No había quién me la quitara. De hecho, en una ocasión, mordí a uno de los jóvenes que vivían en casa – y al que el resto le llamaban Tato – intentando recuperar uno de los calcetines que le había quitado. También fui un perro bastante pequeño. Ventajas de no pesar más de cinco kilos: me podían llevar allá donde fuera mi familia. A la Costa Daurada, a la Sierra Extremeña… Pese a lo pequeño que era, me hacia notar allá donde iba. Además, las uñas de mis patas hacían un ruido muy característico: clic, clic, clic… Mis rasgos más característicos fueron: patitas muy cortitas, ojos muy saltones, rabo muy largo y peludo. En cuanto notaba que querían acariciarme, me tumbaba boca arriba y dejaba que me acariciaran la barriga.


Mi familia canina estaba formada por Samy, una catalana de pelo claro de la vieja escuela que me dio muy sabios consejos, y por Roko, un madrileño tricolor – negro, marrón y blanco - con demasiado morro que se creía que mi casa era la suya. Me visitaban de vez de en cuando – Samy acompañada siempre de Anabel - y coincidíamos temporadas en el mediterráneo o en el campo extremeño. Alojé a Roko en mi casa durante un año, tiempo en el que limamos nuestras diferencias. Cosas que me gustaba hacer: andar moviendo la cadera considerablemente, comer fruta, montar un show cada vez que venía alguien a casa, marcar mi territorio – sobre todo después del tiempo que convivimos Roko y yo… Cosas que les gustaba hacer a mi familia conmigo: cogerme en brazos, llamarme Pitu en lugar de Pitufo, cogerme de la cabeza – cuando estaba tumbado boca arriba – dejando las orejas por fuera para que me pareciera a un Gremlin… Sí, fui un perro un poco broncas – al fin y al cabo, era un perro – pero también fui mimoso, divertido, cariñoso y muy agradecido a mi familia.

Llegué a la vida en el verano de 1996 y, como dicen los americanos, “me pusieron a dormir” en el verano de 2008.

Dale al play y escucha a Mika interpretando en directo, desde el Olympia de París el tema “Happy Ending”.

Hasta el próximo lunes.

2 comentarios:

nymm dijo...

¡Qué dura es la vida de un perro-a! Si ya lo dice el refranero español que para estas cosas es muy sabio.
¡¡¡¡Ay que guapo sale mi Roko en las fotos, madre, que me lo como!!!!

Anabel dijo...

Al Tato se le olvida mencionar que una vez se meó en su cama porque riñó a Mamá y que como siempre andaba con mujeres, no dejaba que ningún hombre entrara en casa!
Siempre serás nuestro Pitufo Gruñón...