lunes, abril 30, 2007

La nota (Primera Parte)

Begoña guardó las tijeras ensangrentadas en su bolso. La pareja de abuelos que cuidan de sus nietos todas las tardes. La sexagenaria mujer que vive con sus hijos treintañeros. La recién llegada pareja chica y chico. La solitaria abuela que no consigue dormir por la noche. El matrimonio de dos mujeres que viven con sus hijos. La profesora jubilada que viaja constantemente al próximo oriente. El solitario abuelo que deja su puerta entreabierta. Todos dormían excepto Octavio, el abuelo que despertó a Begoña para decirle que Manuela, su mujer, no respiraba. Tavo, tal como le llamaba su nieto, se hundió en la butaca verde del salón, iniciando un ligero balanceo, ayudado por sus largos y lacios brazos. Begoña se sentó en la cama, junto al cuerpo de Manuela, levantó el auricular del teléfono verde y tomó aire.

Levántate, coge la mano de la persona que tengas a tu lado, baila con el directo de La Quinta Estación. El tema, Me muero.



Hasta la próxima semana.

lunes, abril 23, 2007

Rojo (Microrrelato)

No quería saber nada de las personas que Mario iba a contratar. Mientras el camarero de la Cafetería Boulevard preparaba nuestros cafés, le conté a Mario los detalles del día del concierto. Mientras yo me empeñaba en explicarle los motivos, él se limitaba a preguntarme qué tenía que hacer. No había amanecido cuando sonó el despertador. Dejé a Marcos que siguiera durmiendo, me levanté y me preparé un té. Mi mejor momento del día: de pie frente al ventanal de la cocina, en albornoz con la taza en la mano, observando cómo se van encendiendo las ventanas de la ciudad. “Si cambias de opinión, llámame hasta 24 horas antes. No después.” A falta de unas horas, sentimientos extraños se entremezclaban: dudas, nervios, vértigo. Llamé a Mario con la esperanza de que olvidara el asunto, aunque sabía que no iba a contestar el teléfono. Acompañé a Marcos a comprar unos zapatos para el concierto. Con la ingenuidad de un niño, me preguntó sobre las piezas que íbamos a tocar al mismo tiempo que me preguntó sobre las presiones que recibía por parte de mis compañeros. Sus preguntas me confirmaron porqué no le había contado nada del asunto. Con la misma ingenuidad, me animó: “Todo se arreglará.” Entramos en el Teatro, besé fugazmente a Marcos, la azafata me acompañó a mi camerino. Como era habitual, nadie me dirigió la palabra. Subí al escenario y me coloqué. Mientras esperaba al resto de mis compañeros a que se colocaran, sola frente al telón bajado, escuchaba el murmullo de la gente que iba llenando las butacas del Teatro. Pese a su ingenuidad, Marcos no dejaba de sorprenderme. Apareció en el escenario con un tulipán blanco en la mano: “Guárdalo debajo de tu asiento, Marta, te dará suerte.” Ser la única mujer en una orquesta sinfónica no había sido fácil. Se levantó el telón y el tulipán se llenó de sangre.

Dale al play y disfruta del directo de Mika y su tema “Ring, ring”



Hasta la próxima semana.

lunes, abril 16, 2007

Próxima Estación (Microrrelato)

La puerta tocó el timbre. Es viernes, 6 de mayo de 2005. Acabo en Sagasta, paseo hasta Velázquez. El reloj de la cocina marca las 22:40 horas. Final y comienzo de la Línea 7. Las Musas. El cazo dibujó a las ollas. Sentado sólo en uno de los primeros vagones. Según llegaba a cada estación, el andén pasaba casi de largo. Y la gente que allí esperaba, también. Muchos tenedores sueltos, muy limpios y arregladitos para canalizar toda su energía en los locales de copas del centro de Madrid. El andén de cada estación pasaba casi de largo. Y los tenedores que en él esperaban, también pasaban casi de largo. Les veía muy fugazmente. En uno de los andenes, una cuchara se peleaba con un cuchillo. Como mi vagón era uno de los primeros, entre todas las paradas, sólo un plato se subió al vagón en el que yo estaba sentado. El andén, los tenedores, la vida… pasaban de largo. El timbre abrió la puerta, y una puerta con una maleta esperaba ser recibida.

Hemingway le dijo al ascensor que vivimos pensando que llevamos otra vida de repuesto guardada en una maleta. Había metido en la maleta todos los platos, tenedores, cuchillos y cucharas que había recogido en el metro. Estaban convencidos que todas las cosas que no habían hecho en esta vida; otros platos, tenedores, cuchillos y cucharas lo harían en la vida de repuesto que guardaban en su maleta. Las ollas querían ver el dibujo del cazo, pero Hemingway robó las ollas y las metió en la maleta con los platos, tenedores, cuchillos y cucharas. Subí las escaleras del metro descalzo, sin ropa. Una sartén me preguntó por mis calcetines y recordé que no había apagado el horno. Sentados en el salón, las puertas, el timbre y el cazo lloraban desconsoladamente, mientras el sofá les reconfortaba. Hemingway había huido con su maleta llena de ollas, platos, tenedores, cuchillos y cucharas. El ascensor me llamó al móvil para contarme que había dejado escapar a Hemingway con la maleta, pero que se había quedado con su otra vida.


Os dejo con el directo de Muchachito Bombo Infierno y su tema “Si tú, si yo, sí, no”



Hasta la próxima semana.

lunes, abril 09, 2007

Madera (Microrrelato)

Berlín, años 30. Una joven trabaja como bailarina en uno de los numerosos locales que llenan las noches de la ciudad de libertad y creatividad. La joven, que no guarda buena relación con su familia, guarda en el camerino las cosas que más aprecia. Las flores ya secas que le regaló su último novio, las prendas de ropa que más estima, y una caja de madera donde guarda la correspondencia que recibe de los admiradores que la visitan en el local. Como cada día, aquella noche, se dirigía a su camerino horas antes de la función para leer algunas de las cartas que guardaba en la caja. Entre las misivas, guardaba casi una treintena de cartas dirigidas a Nina y remitidas por Franz. Sin embargo, no sabía que aquella noche huiría de Berlín sin su caja de madera. Durante la función que representó “La noche de los cristales rotos,” no pudo despedirse de sus amigas, de sus recuerdos. Soldados nazis irrumpen en el local, y empiezan a detener a judíos y homosexuales. Uno de los soldados, Gerhard, empieza a curiosear por los camerinos ya vacíos. Encuentra la caja de madera y se la lleva.

Londres, años 60. Un joven pintor recibe un telegrama. Su padre, del que no tenía contacto desde hacía años, ha muerto. El joven Franz debe viajar a Berlín al entierro de su padre. Allí conoce a miembros de su familia de los que no sabía de su existencia. Después del funeral, su tía Margerit le entrega una caja de madera con las cartas que su padre Gerhard le escribió durante veinte años pero nunca se atrevió a enviarle. Franz, de regreso a Londres, descubre que entre la correspondencia de su padre hay más de cincuenta cartas dirigidas a otras personas. Franz nunca quiso saber nada de la vida de su padre, de su trabajo en la GESTAPO. Ahora Franz, frente a la caja de madera, se cuestiona si ahora que Gerhard ya ha muerto, puede enfrentarse a todo lo que nunca quiso saber de su padre.

Dale al play y disfruta del tema “Long Distance Call” de los franceses Phoenix.



Hasta la próxima semana.

lunes, abril 02, 2007

Domingo (Microrrelato)

Me desperté y amanecí en una urna llena de ojos de vaca. Salí como pude del contenedor de cristal y regueros de sangre recorrían mi cuerpo desnudo. Intenté recordar cuándo y dónde me eché a dormir la noche anterior, pero en ese momento todos los ojos comenzaron a mirarme fijamente. Salí corriendo sobre fina arena, dejando atrás cientos de miradas de vaca. Nunca me gustó la carne, y recuerdo las discusiones diarias con mi madre sobre la cantidad de carne que debía comer para ser fuerte, para tener energía. Seguía corriendo, pensando en los filetes de ternera de mi madre y en los ojos que seguían observando cómo corría en aquel desierto de arena y vísceras. Escuché el ruido de un avión cuando empezaban a flaquear mis fuerzas para seguir corriendo. Quizá mi madre tenía razón, debía haber comido más carne de pequeño. El sonido del avión se aproximaba y yo no podía localizarlo en el inmenso cielo azul, en el que no se distinguía ninguna nube. Una sombra sobre la arena me anunciaba la proximidad del avión. El ensordecedor ruido me tiró al suelo. Me levanté con el cuerpo rebozado de arena. Mi tía Aurora comía con nosotros todos los domingos. Mi madre cocinaba paella y mi tía traía las mejores croquetas de pollo del mundo para el aperitivo. En ese momento me sentí como una de las croquetas de mi tía Aurora. El truco de las croquetas, según mi tía, estaba en rebozarlas dos veces. Cuando observaba mis pies, rebozados de arena, el cielo se cubrió de nubes. Miré a mí alrededor y, donde antes no había nada, había cientos de urnas de cristal del mismo tamaño cerradas llenas de ojos de vaca. El avión, pensé. Me llamó la atención una de los contenedores de vidrio. Los ojos se movían, emitiendo un desagradable sonido muy agudo. Me hice paso entre las urnas y, bajo la lluvia, seguí corriendo hacía el coche de mi hermano Antonio. Era domingo, pero me apetecía comer un buen filete de ternera poco hecho.

Monta tu adrenalina en la montaña rusa “Escapar.” Disfrutad tanto como yo al escuchar el tema de Moby y Eva Amaral.



Hasta la próxima semana.